La jacaranda y Vargas Llosa

Esta semana he decidido que la flor de jacaranda es la de Gabriel García Márquez. No es una rosa, ni es amarilla, pero me ha parecido una buena decisión a pesar de todo.

Mientras haya flores amarillas nada malo puede ocurrirme. Para estar seguro necesito tener flores amarillas (de preferencia rosas amarillas) o estar rodeado de mujeres.

Leyendo una revista de cotilleo, me descubrí absorta en la historia de Villa Meona, la casa en Puerta de Hierro de Boyer e Isabel Presley. Contaban que está en venta y otros pormenores relacionados con asuntos más familiares y privados, en los que siempre acaba mediando una herencia.

Pues bien, citaba dicha publicación ciertas sociedades que tienen como sede la mansión de los 15 cuartos de baños, y entre ellas me llamó la atención una que se llamaba Jacaranda SL, dedicada a los productos coseméticos, com no podía ser de otro modo. Y no pudo por más que hacerme gracia, y reconocer las trampas que a veces el destino nos pone. Y quizá sean para que el resto de la humanidad se eche unas risas, por lo menos para que yo me las eche, después mi decisión de asignar una flor a todo un Nobel. O puede que sean imaginaciones mías.

La jacaranda (o jacarandá) era la flor de García Márquez, lo era porque tenía dos árboles a la puerta de su casa y cuando posó para los medios por última vez, fueron testigos privilegiados del encuentro. Y sobre todo esta semana lo es porque lo he decidido. A pesar de la rosa amarilla en la solapa. Y después del puñetazo de Vargas Llosa, otrora amigo del colombiano, me entusiasma el hecho, ahora que es consorte de la Preysler.

Y supongo que el nombre de la empresa es previo a la mediática relación. Supongo que cuando pusieron el nombre a la sociedad nadie esperaba el futuro de la matriarca a la vera de don Mario.

Es curioso como dos grandes escritores acabaron enfrentados, puñetazos de por medio, pero más gracioso aún es que pensemos en Vargas Llosa como el último bastión del colorín, y que sin lugar a dudas sea él el consorte, en lugar de ella. Al fin y al cabo el trabajo de Isabel es caminar por un suelo de cristal, pero caminar recta, estirada y perfecta. Y él acaba pareciendo el típico ricachón entrado en años que posa con esmoquin en la portada del Hola. Y eso que sólo ha ganado un premio Nobel.

Ojalá Mario intervenga en esa sociedad y le cambie el nombre por otro más apropiado, como flor de Sampaguita.

Flor de Sampaguita

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