Hojas de invierno

Sentados en aquella terraza, yo sentía que todo se iba a arreglar, porque a fin de cuentas nada tiene importancia. Pero cuando vi las primeras lágrimas resbalando por tu mejilla me di cuenta de que quizá estaba siendo demasiado optimista.

El optimismo nunca ha sido mi punto fuerte, puedo ver, incluso sentir, el infierno en cada pequeña cosa. Esto me pareció distinto, al menos al principio. No era una tragedia, simplemente era nuestra tragedia. Y este nuestra no se refiere precisamente a dos, porque cuando nos quisimos dar cuenta, éramos un pelotón.

El odio nunca está justificado, sin embargo ante aquella cerveza comprendí que se podía sentir, desde los más profundo, un sentimiento que quemaba a todos y contra todos.

Ha sido un año duro, se han mudado tantas cosas, hemos cambiado tanto y a pesar de todo seguimos siendo los mismos. Nunca fuimos invitados, porque siempre fue nuestra casa, pero nadie nos perdonará. Y no es perdón lo que necesitamos, ahora ansiamos sobrevivir, que pase otro año sin que nos juzguemos, y al tercero, que nos sentencie un jurado popular. Y no volver a vernos, porque los pelotones se disuelven, porque podemos, porque nos lo hemos ganado.

Nos acordaremos dentro de veinte años del otoño que tomamos una cerveza entre lágrimas, del año que pusimos el mundo del revés. De las hojas en invierno.

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